Identidad · 12 de Jul 2016

Subir un volcán, el volcán de uno

Desde Arequipa, Mateo Lira nos envía una crónica sobre la excursión de dos días de un grupo de jóvenes que llegó a la cima del Misti.

Subir un volcán, el volcán de uno por Mateo Lira

Imagen: Mateo Lira

Todo el que ha nacido en Arequipa, desde los primeros años, ha sentido la fuerza y omnipresencia de tres titanes que abrazan constantemente la ciudad. Es más, me atrevería a decir que todo niño que haya vivido en esta parte de los Andes ha soñado con la magnífica erupción de uno de ellos. Grabado en uno de los arcos de Yanahuara se lee: “No en vano se nace al pie de un volcán”, imagínense entonces nacer al pie de tres. Cada arequipeño tiene su volcán favorito, pero el del medio es quizás el más notable: el Misti, famoso por su simétrica forma que remata en dos picos curveados. De hecho, sus 5.822 m.s.n.m son visibles desde mucho antes de entrar a la ciudad.

 

Hace poco resolví subirlo por segunda vez. Para los otros 7 del grupo, amigos de muchos años, algunos de toda la vida, sería la vez primera que superaban los 5500 msnm. Más tarde me daría cuenta que para mí también sería como subirlo por primera vez. Había en nosotros gran emoción, algo de miedo, una rica adrenalina y muchos otros caprichos de la química corporal corriendo por todos y cada uno de nuestros vasos sanguíneos.

 

Hay muchas maneras de subirlo: diferentes rutas, viaje de uno o dos días, con agencia o solo con guía, en tiempo de lluvias (y nieves) o tiempo seco, en fin. Nosotros decidimos intentarlo faltando días para la primavera, con el cielo despejado y típicamente azul de esta ciudad. Lo haríamos en dos días y solamente contratando un guía, cosa sumamente importante, pues subir un volcán no es salir a caminar por las chacras; un error de camino o usanza cuesta, por lo menos, un susto de esos feos, y por lo más, la vida.

 

A las 7 de la mañana nos esperaba una camioneta en la plaza San Francisco, en el centro de la ciudad. Aparecen todos con la misma mirada que tiene un niño antes de saltar por primera vez al mar desde un peñasco, pero con la misma sonrisa media oculta que tiene cualquier adolescente al recibir un mirada coqueta y cómplice de quien le gustaba desde el fin de la primaria. Las mochilas, son las primeras en entrar al carro, parecen ansiosas de subir. Curiosamente, una vez en la caminata, estas parecerán más bien ansiosas de reducirlo a uno contra el suelo.

 

Después de un par de horas llegamos donde inicia la ruta de Chiguata. Un pequeño muro informativo nos da la bienvenida a 3400 msnm. Todos miran a su alrededor y concluyen que el Misti ha perdido su forma: ahora tiene miles de colores, plantas, piedras y rocas de todos los tamaños, huellas de animales, zumbidos de insectos; ya no es aquel incambiable telón de fondo de todos los días, es más bien todo un mundo que solo apunta en una dirección, hacia arriba.

 


Caminando por el Misti. Crédito de la foto: Mateo Lira

 

Al mediodía, a poco más de 3 horas de haber empezado la caminata, el sol y el peso de la mochila son los primeros demonios en rondar la cabeza. Uno se va a acordando de las tonterías extras que empacó, va entendiendo que tener un sombrero de ala ancha hubiera sido mejor idea que el gorrito punk que trae puesto, como si esto fuera una tocada. Pensando en esa y otras cosas y comiendo dulces cada tanto, se va atravesando por lugares de auténtica ricura: un risco de rocas verdes por los líquenes, un minibosque de Queñuas jóvenes, una que otra zona de Yaretas que parecen más bien sacadas de un sueño de Dalí, y de pronto un silencio: la ciudad ha dejado de sonar, una paz brusca e inusual nos rodea, solo se escucha el cielo, los andes, se siente la piel osca que protege las entrañas del volcán.

 

Seguimos caminando y vemos un montón de piedras agrupadas en círculos en lugares que la experiencia de muchos indica como adecuados. Estamos en el segundo campamento base, el primero queda unos 20 minutos antes, pero ¿quién quiere descansar antes si queremos llegar a la cima?

 

La tarde está avanzada para cuando acabamos de desempolvarnos, armar las carpas, ponernos algo cómodo y compartir comidita con los amigos. Luego de eso, con dos del grupo aprovechamos la hora para buscar cualquier cosa que podamos incendiar en la noche. Así, entre algunos buenos hallazgos y ridículas pláticas primitivas con el eco de uno, se nos pasa el tiempo. No sabemos la hora exacta, pero el sol ya está a unos 60 minutos de ocultarse, así que regresamos al campamento a encontramos con los demás. Están todos como hipnotizados, leyendo, conversando o simplemente contemplando, pero se ve que todos sienten eso genial que te hace sentir ver los últimos minutos de sol desde los 4800 msnm.

 


Anochecer desde el Misti. Crédito de la foto: Mateo Lira

 

Lo más curioso de ese ocaso son quizás esos cortos minutos, o tal vez solamente segundos, en que la ciudad ya entró de lleno en la noche mientras que, donde está uno, el día se rehúsa a morir sangrando aun colores cálidos pero efímeros.Esa liviana, aunque perceptible curvatura del horizonte es lógica y vertiginosa al mismo tiempo, sin embargo, se vuelve fascinante al verla envolviendo a un millón de habitantes. El mayor prodigio de la humanidad, la ciudad, como una informidad encendida destellando frente a uno.

 

Caída la noche, se asoma la carita de un verdadero demonio: ¡el Chiri! Así que, sin tardar, prendemos las maderitas que encontramos. El Chiri odia al fuego pues lo espanta, aunque a veces pienso que en realidad se aman. Los mates de coca empiezan a rotar y las conversaciones - molestando, preguntando, jodiendo - rodean las tazas. El grupo sonríe y se parte de risa, como suelen hacer los amigos.

 

De pronto, desde los dominios cercanos del Chiri y por la parte contrapuesta a la que nosotros usamos para llegar, en medio de dos montículos, aparece una sombra en forma de cabeza con rulos. Efectivamente, es una cabeza con rulos y, para tranquilidad de todos, también tiene cuerpo. Resulta ser un caserito del andinismo solitario: el señor Pedro. No trae ni carpa ni mayor equipo; el guía, con mucha astucia, le hace algunas preguntas indirectas para entrever sus intenciones, no vaya a ser una especie de Chullachaqui andino; pero no, solo busca calor y charla. Se nos une y agradece sinceramente los matecitos y los tragos de la chata de pisco que alguien, el más friolento, ya destapó.

 

Con la fogata acariciándonos, empiezan las historias de terror, ¿cómo no?, si la oscuridad de una noche virgen, sin alumbrado público ni otros ilusorios plagios del día, está para eso, para hacernos sentirla y asustarnos. Pero hay un truco: levantando la vista al cielo, todo susto se vuelve fascinación porque ahí están ellas lejanas, pero tocándonos, tintineantes pero enérgicas, se ven por cientos, miles, brillantes, resaltando entre esa como nube brumosa que atraviesa el cielo linealmente, bruma que en verdad son solo más de ellas, tantas como el centro de una galaxia puede gozar. Empiezan pues las conversaciones profundas, existenciales, conversaciones espaciadas por silencios casi sagrados. Es hora de dormir.

 

Lo usual es despertarse alrededor de las dos de la mañana, tomar algo, alistarse y empezar a caminar a las tres. Nosotros, jóvenes, flojos y dormilones nos levantamos casi a las cuatro, el señor Pedro seguramente ya está en su segunda hora de caminata. Una de nuestras amigas sufrió soroche en pleno descanso, pero ahora se siente totalmente animada para hacer frente al segundo día. Sería maravilloso tener una fogata caminante como compañera de grupo, pero sabemos que eso no va a pasar, así que El Chiri nos vuelve a ver coqueta y maliciosamente. La fórmula ganadora para abrigarse en la montaña es usar varias capas que terminen en un cortaviento ligero, así uno puede ir regulando su temperatura sin tener que terminar odiando su pesado casacón cuando el sol ya caliente. Cuentan que hay gente que los llega a abandonar y se quedan huérfanos abrigando piedras.

 

A la media hora de caminar tenemos bajas: dos deciden no seguir, los tratamos de animar, hacer que luchen con eso que les dice que no en su cabeza, pero deciden dejarlo para otra oportunidad. El camino al campamento desde donde estamos es claro así que dan media vuelta y se alejan lentamente pendiente abajo. Quedamos seis, el guía nos apura un poco, estamos retrasados.

 

Esa hora de caminata en oscuridad es bastante silenciosa, no hablamos mucho, cada uno está en su mundo, los que parecen conversar son más bien los sonidos rítmicos de los seis pares de botas pisando rocas, arenas, piedras pequeñas y uno que otro ichu. La vegetación es cada vez más escasa. La hoja de coca se comparte a cada cierto tramo. Yo decidí abajo intentarlo sin picchar nada, pero cada vez que veo rotar la olorosa bolsita llena de hojas pienso en claudicar, no lo hago, quizás más arriba.

 

Caminar, caminar, pensar, caminar, pensar que se está caminando, pensar en dejar de hacerlo para descansos cada vez más frecuentes, odiarse un poco, pensar en porqué caminar más, caminar más… La cabeza está jugando en contra, quisiera un poco de hojas de coca, sé que ayudan a tener más oxígeno y energía, la primera vez lo subí así. Pero he de sentir el ascenso sin no dilatar mis vasos sanguíneos con tan sagrada planta, ¿se podrá hacerlo solamente con la voluntad?

 

Pues parece que no, el aire claramente escasea, aunque para lo que sí funciona la voluntad es para seguir subiendo pese a que el cuerpo se siente traicionado por haber sido llevado con sus propias piernas a un lugar no tan habitable, no tan acogedor. Ahí donde se rompe con lo común, ahí donde empieza lo extraordinario.

 


Amanecer en el Misti. Crédito de la foto: Mateo Lira

 

Ver el amanecer despuntando sobre el Pichu Pichu, el volcán del Este, es como un vaso de agua en un desierto. La energía solar que empieza a erizar nuestra piel se vuelve rápidamente energía mental y corporal. El cuerpo empata con un ritmo que, hasta ahora no me explico bien cómo, ahorra oxígeno y hace caminar con más eficiencia. El cansancio, por la falta de aire, se sigue sintiendo, pero ahora es como cuando revientas un freno de dos que tiene una bici: molesta pero no impide.

 

Así, entre horas de caminata y viajes mentales y personales que luchan con demonios propios, de pronto vemos el desfiladero amplio que forman las dos cumbres del Misti. Después de casi cinco horas podemos tirar nuestras mochilas y enrumbar el último tramo hacia la cruz de rieles plantada en la cumbre izquierda. Este tramo es un hermoso preludio de piedras rojas y caprichosas formaciones de hielo intercaladas con peligrosos despeñaderos. Un último esfuerzo, una inhalación profunda y unos pasos totalmente decididos acaban con el ascenso. ¡Hemos hecho cumbre! Abrazos, enhorabuenas, sonrisas y gritos. Pareciera que el solo hecho de hacer cumbre lo llenara a uno de aire y energía, es tarea perdida tratar de describir esa alegría porque es como tratar de explicar el amor: se siente y ya.

 

Hay una diferencia trascendental entre estar abajo y estar arriba. Soy arquitecto y amo los espacios, y los espacios se viven desde miles de puntos de vista, miles de perspectivas. Ver desde los 5830msnm el espacio territorial que alberga la ciudad donde ha nacido y crecido uno, donde ha jugado y se ha enamorado, donde ha sentido incluso la fuerza de un terremoto que nos hizo a todos inclinarnos frente a los volcanes, es algo que no se borrará de la memoria nunca.

 

Pero ahí arriba hay algo más cercano, nuevo y sorprendente: el cráter de un volcán, humeante, mentirosamente pasivo, visceral; la otra cumbre del Misti, la derecha, es todo un gran cráter. Un inmenso hoyo que no deja de susurrar: “entren a mis fauces, lo que han visto afuera no es nada”. Uno piensa por unos segundos entregar su vida a la vulcanologia solo para tratar de entrar. Sus misterios deben ser más asombrosos aún que la bibliografía entera de Julio Verne.

 


El grupo en la cima del Misti.  Crédito de la foto: Mateo Lira

 

Con un simple giro de la cabeza, uno puede pasar en segundos, desde Moquegua y su inquieto volcán Ubinas en el sureste hasta el majestuoso Coropuna al noroeste con el Solimana, El Ampato, el Sabancaya, el Hualca Hualca y por supuesto su hermano menor, el PichuPichu y el mayor, mi favorito, El Chachani con más de 6000msnm.  Es ahí donde uno cae en cuenta que está parado en la cima de uno de los picos de la segunda cadena montañosa más importante del mundo: los Andes. Una cordillera que ha marcado nuestra historia desde antes inclusive que se inventara la palabra historia. Ahí reside la magia de subir un volcán, nos pone en perspectiva con la naturaleza, hay cosas más fuertes que nosotros: el sol, la tierra; y no hay porqué sentir miedo, somos lo que somos gracias a ellas.

 

La alegría es duradera, nos hace bajar saltando y jugando por el camino de cenizas que parece un gran tobogán. Uno tiene que caminar con todo el cuerpo echado atrás y dejando que las botas se hundan y resbalen, es un caminar muy cómico, pero increíblemente útil para bajar en media hora lo que se subía en cinco. También se puede correr en esta arena, pero si se hace, lo difícil, o casi imposible, es detenerse sin tener que tirarse a rodar varios metros.

 

Así, con un montón de ceniza en las botas y bolsillos, llegamos al campamento. Lo siguiente es pura rutina: desarmar carpas, alistar mochilas y caminar otras dos horas a donde nos espera una camioneta para regresarnos a la ciudad en busca de una ducha caliente bien merecida.

 

De regreso abajo algo es diferente. Cada vez que uno vuelve a ver la cumbre del volcán desde la ciudad, puede cerrar los ojos e irse un ratito allá. Es como un poder que la montaña nos ha regalado, un poder que hará que, en los días de mayor estrés y mundanas preocupaciones, podamos sonreír al recordar a una gran amiga recitar:

 

“¡Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra!”

 

En la cumbre de un VOLCÁN.

 

Enviado por Mateo Lira.

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